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Migas de harina

Las migas de harina son una de las comidas que siempre me retrotraen a mi infancia, son ese plato que sabe a momentos en familia, a risas, a historias alrededor de la sartén mientras las comías durante una matanza, en definitiva, a hogar.

Pensar en este plato es pensar en mis orígenes, en mis abuelas, en mi madre, en Marchena (mi aldea natal). 

Es por eso por lo que este plato ocupa un lugar especial en mi corazón y no podía dejar de compartirlo con vosotras.

La de la foto es mi madre, haciendo migas el último día que fui a casa. A pesar de llevar toda la vida comiendo este plato, nunca lo he cocinado, por eso ese día se puso a explicarme paso por paso cómo hacerlas:

1º primero pones aceite en la sartén y fríes los pimientos rojos secos y los verdes.

2º después pasas ese aceite a otra sartén más pequeña en la que puedes freír la panceta, jamón, chorizo y todos los avíos con los que vayas a acompañar las migas.

3º En la misma sartén del inicio pones agua con un poquito de sal a hervir (la cantidad de mi madre es un baso por persona y como siempre, uno más por las ánimas benditas, algo que aprendimos de la abuela Expectación).

4º Cuando el agua esté hirviendo se va echando la harina poco a poco, removiendo la masa resultante, con su cuchara de metal con rabo largo, hasta conseguir una masa con la consistencia deseada. (¿cuánta harina echamos? Pues como dice mi madre, “la que admita”, tal es su destreza cocinando este plato que nunca mide las cantidades).

5º También es importante, me dice, echar un poco de aceite por los laterales de la sartén para que las migas queden más buenas. 

6º Después solo queda ir removiéndolas y darles vuelta hasta que estén en su punto. Al ir dando vuelta con la propia sartén, nos permite degustar los deliciosos “torraos” que con esmero despega de la masa y va apartando en un plato y que en un rato han desaparecido porque conforme los va sacando yo me los voy comiendo…jejeje

¡Y eso es todo! Al acabar tenemos un delicioso plato para compartir en familia. En mi casa, al igual que en la mayoría de la Sierra, siempre hemos tenido la costumbre de comer las migas todas juntas de la propia sartén. 

A propósito de esto, mientras comemos las migas, recordamos a mi abuela Expectación, la cual, cuando cocinaba este o cualquier otro plato, tenía como unidad de medida “un puñao por persona, más otro por las ánimas benditas”, siempre le gustaba hacer un poco más de comida por si aparecía en casa alguien más para comer que no esperaba, algo muy típico tradicionalmente, puesto que al no haber medios de transporte y recorrer distancias tan grandes a pie, en ocasiones podía ocurrir que no te diera tiempo a llegar a casa a para la hora de la comida y siempre podías comer en casa de alguna vecina de los pueblos de alrededor que te acogiera en su casa.

Como dato curioso, os contaré que, por ese mismo motivo, las personas serranas no salían de casa sin su cuchara, pues anteriormente era un objeto personal e intransferible (como puede ser hoy en día un cepillo de dientes) y en las casas solo había una cuchara por persona, ya que eran objetos caros de conseguir, por eso, todas las personas siempre caminaban con sus cucharas, pues si alguien les invitaba a comer y no la portaban, no podían quedarse a comer.

Como veis, la gastronomía serrana no solo sirve para saborearla, si no también para descubrir y recordar nuestra historia y cultura.

Espero que os haya gustado leer esta historia, tanto como a mi escribirla.

Con amor, Miriam.

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