Los Goldines; memorias de un pueblo olvidado

Los Goldines; memorias de un pueblo olvidado

La mayoría de personas pasan de largo por Los Goldines, sin pararse a dedicar un par de minutos a contemplar esta preciosa aldea deshabitada de Santiago-Pontones, algunos, incluso, pasan de largo sin advertir siquiera su presencia. Y es que, la mayoría de las veces tenemos las cosas más bonitas delante nuestra y no somos capaces de verlas.

Los Goldines no son una aldea abandonada, como muchos piensan, los vecinos que allí vivían se vieron obligados a marcharse de sus casas como consecuencia de un proceso de expropiación forzosa llevado a cabo por la Administración de por aquel entonces. Contar la historia de esta aldea  sería imposible sin hablar de este proceso de expropiación, que supuso una auténtica pesadilla para los que eran sus vecinos, entre los cuales se encontraban mis abuelos, Juan José y Julia, formando parte de una historia llena de injusticias.

En diciembre de 1979 se materializa la expropiación de esta aldea, amparándose en la Ley de 19 de diciembre de 1951, sobre repoblación forestal. Si bien, a este expediente le precedieron una serie de actuaciones de presión social y hostigamiento hacia los diversos vecinos para que se marcharan. Estas actuaciones no fueron suficiente, pues muchos se resistieron a irse, por lo que fue necesario recurrir a la expropiación forzosa.

Llama especialmente la atención, lo recogido en la memoria del expediente de expropiación llevado a cabo por el Instituto nacional para la conservación de la naturaleza (ICONA), el cual justifica la expropiación de esta aldea argumentando básicamente tres cosas:

1- Que los terrenos objeto de expropiación son enclaves perjudiciales porque “aportan considerables arrastres por encontrarse en terrenos de pendiente excesiva”. Este argumento puede ser más o menos válido, todo depende de lo que uno entienda por “pendiente excesiva”, no obstante, que este sea el caso de Los Goldines es, cuanto menos, discutible.

2- Otro argumento que se utiliza es el problema social, pues en la memoria se recoge literalmente que “las pequeñas cortijadas existentes están compuestas por viviendas en no muy buenas condiciones de habitabilidad, lejos de asistencia sanitaria, espiritual, educativa y privados en fin, de todos los beneficios que el progreso brinda a la sociedad moderna”. Este argumento resulta cuanto menos cínico, por no utilizar otro calificativo, ya que igual hubiera sido más acertado el intentar mejorar las condiciones de estos aldeanos en vez de echarlos de allí.

3- El último de los argumentos que se utiliza para justificar la expropiación de Los Goldines es el saneamiento del estado legal del monte. Respecto a esto, el expediente dice literalmente lo siguiente “con la desaparición de estas propiedades que siempre entorpecen el normal desenvolvimiento de los trabajos y aprovechamientos, en los montes que se ubican, pretendemos que la propiedad del Estado llegue a formar una superficie uniforme, sin ninguna interrupción”. Por si no ha quedado claro, ya lo matizo yo, en definitiva, que los vecinos de Los Goldines estorbaban a la Administración para sus fines e intereses.

Este expediente fue simplemente la materialización de la expropiación, no obstante, esta expropiación fue fruto de un proceso iniciado años atrás en la Sierra de Segura; el cual se va maquinando utilizando una serie de leyes que al final nos llevaran al resultado que ya he referido. Entre estas leyes cabe resaltar las siguientes:

  • La Ley de Patrimonio Forestal del Estado de 1941; en la que se declaran diversas “zonas de interés forestal”, entre las que se encuentra la Sierra de Segura.
  • La Ley de repoblación forestal de 1951; la cual establecía “la eliminación de los cultivos agrícolas que se encontraban en la cuenca del Pantano del Tranco de Beas”.
  • Un Decreto de 1955 por el que se declara la necesidad y urgencia de la ocupación de las fincas de Pontones.
  • Y, finalmente, el colmo de esta cadena de leyes arbitrarias, fue la Ley 17/1960 por la que se crea el coto nacional de las sierras de Segura y Cazorla, junto a otras resoluciones anteriores relacionadas con la repoblación cinegética y la creación de este coto. De hecho, en el proyecto de creación del coto ya se afirmaba que “los inconvenientes iniciales más preocupantes para la repoblación cinegética, eran la densidad y distribución de los serranos y los daños que podían producir las especies de caza mayor en las numerosas huertas existentes”.

Cuando uno estudia con detenimiento toda esta legislación, llega a la conclusión de que la Administración tenía unos planes para nuestra Sierra en los que no cabían los vecinos de determinadas zonas, pues “estorbaban” para conseguir las finalidades que pretendían, ¿solución? quitar a los vecinos de en medio. Estas leyes muestran la tiranía de una Administración a la que no le preocupaba lo más mínimo las personas que habitaban en nuestra Sierra, y es que, como decía Voltaire, “el último grado de perversidad es hacer servir a las leyes para la injusticia”.

Probablemente no nos podemos hacer una idea del drama que sufrieron los vecinos de Los Goldines cuando se vieron obligados a abandonar sus casas, su aldea, sus tierras, su vida, por culpa de una Administración déspota que los echó sin miramientos. Quizás sea porque esta injusticia me tocó de lleno, quizás sea por el sentimiento con que mi padre habla siempre de la que aún considera su tierra o quizás, simplemente, porque es una aldea que, a pesar de su estado, sigue siendo hermosa; Los Goldines es uno de esos lugares a los que me encanta ir siempre que puedo;

paseando por sus calles me invade una tremenda sensación de tristeza, pues el lugar aún irradia una sensación de desconsuelo por la marcha forzosa de los que un día fueron sus habitantes, sus ruinas transmiten una sensación sobrecogedora de desamparo. Algunas imágenes que nos encontramos, como la del alpargate de la foto, representan toda esta aflicción y me resultan profundamente emotivas.

A pesar de esta sensación de tristeza que me invade al contemplar lo poco que queda de Los Goldines, el pasear por sus calles y observar sus ruinas me resulta una experiencia cautivadora;

justo al entrar nos encontramos, al lado derecho, parte de lo que era el pilar de la aldea, al verlo no puedo evitar imaginarme a las mujeres lavando la ropa en él, mientras conversaban con el resto de vecinas, sin duda sería uno de los lugares en los que se desarrollaría la vida social de los vecinos;

continuando, a la izquierda, nos encontramos con una escalera que ya no va a ningún lugar, la cual, desde pequeña, siempre me ha gustado subir, a pesar de las advertencias de mi padre y del inminente derrumbe de la misma que ya lleva vaticinando más de 20 años.  Pero ahí continúa, resistiendo a caer, permitiéndome subir por ella cada vez que visito Los Goldines y recordándome que el recorrer un camino siempre te puede enseñar cosas y puede suponer una gran aventura, aunque, finalmente, no te lleve a ningún lado o, dicho de forma más poética, aquello de que «lo importante no es siempre el destino, sino el viaje»;

 

por el camino también nos encontramos con multitud de ventanas; ventanas que te invitan a mirar a través de ellas; ventanas que te muestran los más hermosos parajes cercanos a Los Goldines;

 

ventanas a través de las que observar, con nostalgia, los restos de lo que un día era el hogar de alguien; o, simplemente, ventanas desde las que mirar lo que un día fue el hogar de tus abuelos.     

Los Goldines son una aldea que merece la pena visitar y dejarse invadir por la multitud de sensaciones que nos despierta. Si bien es un lugar que nos transmite una cierta melancolía, a la vez nos recuerda ciertos valores que, a veces, olvidamos, como la justicia, el disfrutar siempre del camino sin importar la meta, la sensibilidad con aquellos que tanto sufrieron, el dejar de ir tan deprisa y pararse a contemplar las pequeñas cosas que nos ofrece la vida y, algo muy importante, nos recuerdan nuestra historia y cultura.

Esta aldea no solo conserva las ruinas de las casas expropiadas, también conserva la triste historia de sus habitantes que un día se vieron obligados a marcharse.

Los que formaron parte de esta historia nunca la olvidarán y tampoco aquellos a los que nos han hecho, de un modo u otro, participes enseñándonosla. Los pueblos deshabitados forman parte de nuestra historia y nuestra cultura, y mientras nosotros los sigamos recordando nunca caerán en el olvido.

Artículo publicado en el nº1 de la “Revista Zurribulle” (revista cultural de Santiago-Pontones), en diciembre de 2016. Escrito por Miriam Martínez García

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